La paradoja alimentaria de África

Nos enorgullece publicar aquí un artículo escrito por nuestro presidente Edward Mukiibi para el sitio web internacional African Arguments, que cubre todo tipo de temas, como política, asuntos sociales, economía, desarrollo, género, medio ambiente y cultura. Tienen diferentes versiones del sitio web en 7 idiomas y cubren todas las regiones africanas. El artículo analiza la paradoja alimentaria de África, a caballo entre la comida rápida, los sistemas agrícolas industriales y las alternativas agroecológicas sostenibles, para concluir que es el Norte Global -y no África- el que está atrasado.

Imagínate un país que se caracterice por profundas desigualdades que determinen cómo vive la población, incluso lo que comen. Una parte de la sociedad tiene fácil acceso a productos locales, frescos, variados, nutritivos y cultivados de manera orgánica.  La otra mitad recurre a alimentos ultraprocesados que se han producido a gran escala y a miles de kilómetros.

Seguro que a mucha gente le resulta familiar esta descripción. Y aún así, dependiendo de dónde estemos, los países y las dinámicas que nos imaginamos pueden ser totalmente diferentes.

Cuando los lectores de Occidente lean esta descripción probablemente se imaginen unos sectores pobres de la sociedad que recurren a comida basura barata pero que desearían poder disfrutar –y poder permitirse– productos orgánicos como sus compatriotas de clase media. Los lectores de África seguramente se imaginarán totalmente lo contrario: comunidades pobres que comen verduras locales y baratas mientras que fantasean con probar esos productos importados procesados que se asocian con un alto estatus.

Esta diferencia habla de la paradoja existente en el corazón del sistema alimentario global y su impacto en África. Por todo el continente existen muchas comunidades que se alimentan principalmente de nutritivas frutas y verduras que se han cultivado a nivel local, de forma asequible, y utilizando métodos agroecológicos libres de insumos sintéticos. Este tipo de producto no es solo lo que la clase media del hemisferio norte anhela y por lo que paga un precio mayor, sino que es precisamente lo que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) sugiere como necesario para luchar contra el cambio climático. Tal y como lo afirmó en su amplio Sexto Informe de Evlauación en 2022:

«Cubrir las crecientes necesidades de la población en lo que concierne al alimento y la producción de fibra necesita de una transformación en los sistemas de gestión para reconocer la dependencia de los ecosistemas locales y saludables, así como una mayor sostenibilidad, ambos mediante enfoques agroecológicos».

Aún así, a pesar de todo esto, África se ve presionada a adoptar un modelo occidental basado en una agricultura industrial de masas, insumos basados en combustibles fósiles y alimentos ultraprocesados. En ciudades de todo el continente, los centros comerciales cada vez están más dominados por cadenas de comida rápida a las que acuden aquellos que aspiran a pertenecer a la clase media. Las estanterías de los supermercados están llenas de productos derivados del trigo, aves de corral y dulces procedentes de Europa, Estados Unidos y China. Y otros actores externos –desde gobiernos extranjeros y agrigigantes multimillonarios hasta ONG– insisten en que el enfoque que le da Occidente a la agricultura es el único viable.

Los potenciales resultados tan desastrosos de este modelo pueden verse claramente en Estados Unidos. En el país más rico del mundo, el 42% de los adultos se ven afectados por obesidad y el 10,5% está en una situación de inseguridad alimentaria. 19 millones de personas –más del 6% de la población– vive en lo que se denomina «desiertos alimentarios» en los que el acceso a tiendas de alimentos está tremendamente limitado. Muchas otras viven en «pantanos alimentarios», áreas dominadas por comida basura y refrescos.

No son solo la salud y la alimentación de las personas las que sufren. La agricultura en Estados Unidos es responsable del 11% de las emisiones de gases de efecto invernadero del país, por no hablar de la degradación ambiental. Además, este sistema alimentario –desde las semillas hasta los supermercados– está dominado solo por ciertas grandes corporaciones.

En 2021, unos investigadores de la Fundación Rockefeller intentaron calcular los costes de este sistema alimentario en Estados Unidos. La primera cifra que obtuvieron fue 1,1 billón de dólares al año. Esta es la cuantía que los consumidores gastaron en comida en 2019, incluyendo los costes de producción, procesado, distribución y comercialización. Sin embargo, después añadieron varios costes invisibles: costes en sanidad para los millones de personas que sufrieron enfermedades relacionadas con la alimentación; contribución de la agricultura industrial a la contaminación y a la pérdida de biodiversidad, numerosísimas emisiones de gases de efecto invernadero. Incluyendo todos estos costes, los investigadores llegaron a una cifra tres veces mayor. Estimaron que el «coste real de la comida en Estados Unidos» es 3,2 billones de dólares por año, aunque la mayor parte de estos costes no vienen del alimento en sí mismo si no de los efectos colaterales tan destructivos del sistema alimentario.

Debería añadirse que estos costes recaen desproporcionadamente sobre las personas pobres y las de color. Estos grupos son más vulnerables a la hora de sufrir enfermedades relacionadas con la alimentación, a verse negativamente afectados por la degradación ambiental, y a trabajar en puestos relacionados con la producción alimentaria y con salarios muy bajos. Algunos defensores sugieren que la expresión apartheid alimentario describe mejor la atmósfera en Estados Unidos que la expresión «desiertos alimentarios».

A pesar de los problemas asociados con este modelo, cada vez vemos más dinámicas similares que surgen en África, aunque empiezan con las clases medias para las cuales la vida occidental se ve como algo deseable. En Sudáfrica, por ejemplo, más del 28% de los adultos son obesos actualmente, y el sistema de salud dedica alrededor de 15% de su gasto a enfermedades relacionadas. En el norte de África, el problema es igual si no peor. Y en todo el continente, la creciente prevalescencia de los alimentos procesados lleva a patrones similares en pueblos y ciudades.

Al mismo tiempo, los gobiernos africanos tienen prisa por «modernizar» sus sistemas agrícolas para imitar estos resultados. Esto significa más industrialización, monoccultivos y un uso intensivo de fertilizantes sintéticos y pesticidas.

Hace mucho tiempo que se les dice a los africanos que sus métodos agrícolas son anticuados y que deberían dejarlos atrás en favor de la sabiduría occidental. Todos sabemos adonde lleva esto. Aunque la agricultura industrial haya conseguido alimentar a corto plazo a una población creicente, ha demostrado que es insostenible ambientalmente y, a largo plazo, perjudicial para la salud, la justicia económica y el clima.

También se ha demostrado en África. En 2006, se fundó la Alianza por la Revolución Verde en África (AGRA por sus siglas en inglés) con el objetivo de trasladar prácticas agrícolas de alto rendimiento a 30 millones de agricultores. Esta potente coalición, fuertemente respaldada por la Fundación Bill & Melinda Gates Foundation, prometió reducir a la mitad la inseguridad alimentaria y duplicar la productividad de los cultivos para 2020. Desembolsó 500 millones de dólares en subvenciones, mientras que los gobiernos nacionales apoyaban efusivamente su visión gastando 1000 millones de dólares al año en programas que subvencionaban la compra de semilas comerciales y fertilizantes.

Aún así, cuando llegó la fecha de finalización de AGRA, se negó a compartir sus datos y discretamente borró sus objetivos de la página web sin ninguna explicación. Los investigadores que, de todos modos, intentaron evaluar su impacto vieron que los resultados eran decepcionantes Un informe del Instituto de Medioambiente y Desarrollo Global de la Universidad de Tufts concluyó que el rendimiento de los cultivos básicos crecieron sólo un 18% en 12 años en los países que formaban parte de los objetivos de AGRA –en comparación con un 17% en el periodo anterior– mientras que la desnutrición aumentó en un 30%. Un análisis de grupos de sociedad civil alemanes y africanos obtuvieron resultados similares, apuntando además que los programas de AGRA habían alejado a la tierra de cultivos nutritivos y resilientes al clima además de mermar la soberanía de los agricultores.

No deberíamos romantizar la situación de África. Al fin y al cabo, un quinto de la población del continente está desnutrida y el rendimiento de los cultivos va por detrás del resto del mundo. No obstante, al mismo tiempo, no podemos ignorar la realidad de lo que un modelo de agricultura occidental basado en combustibles fósiles significa para la salud pública, el sustento de las personas, y el medioambiente.

Aunque afortunadamente existe una alternativa: invertir en lo que ya funciona, lo que defienden los agricultores africanos, y lo que el IPCC cree que es necesario. No hay una solución mágica, pero los sistemas agroecológicos ya están consiguiendo productos nutritivos, estabilizando las economías locales, y usando ciencia puntera y conocimientos indígenas para impulsar el rendimiento a la vez que se enriquece la tierra. Los políticos en África y en otros lugares han de darse cuenta que hay grupos como la Alianza para la Soberanía Alimentaria en África –la cual representa a más de 200 millones de pequeños productores– que hace mucho que saben que el futuro se encuentra en el potencial de la agroecología, no en copiar modelos fallidos y destructivos. Si esto se mira desde la perspectiva de la naturaleza y el clima, es el hemisferio norte –y no África– el que está anticuado. Y que la comida basura es justo esto.

El artículo se ha publicado en African Arguments.

 

 

 

 

 

Credits image: UN Women/Ryan Brown

  • Did you learn something new from this page?
  • yesno